E
l científico, al hacer ciencia, desarrolla una parte importante de su
trabajo a través de lo que normalmente se conoce como cajas negras, que no son
más que las generalizaciones que solo describen un fenómeno, tomando en cuenta
nada más que variables de entrada y efectos de salida. En ello, puede, incluso,
llegar a descubrir leyes que relacionan a través de las matemáticas ambos
parámetros y, de ese modo, poder construir predicciones sobre el comportamiento
de un sistema. Lo anterior, prescindiendo de definir el mecanismo íntimo
responsable de la regularidad encontrada, que explica tal comportamiento del
sistema.
Aunque solamente vienen a ser una representación del funcionamiento global
de un sistema dado, es decir las simples fundaciones de un modelo fenomenológico
del hecho o hechos en estudio, no obstante las cajas negras son poseedoras de la
virtud de ser generalizantes, descubridoras de regularidades que necesitan ser
explicadas, de ser representaciones sencillas, precisas y de alto contenido empírico,
lo que implica para el científico la imposibilidad de alejarse demasiado, con
interpretaciones de los hechos mismos. Por ello, históricamente, las cajas negras
han llegado a ser uno de los pasos ineludibles que se dan en las primeras etapas en
los procesos de construcciones teóricas.
Lo descrito anteriormente es, quizás, el único paradigma que los científicos, al
hacer ciencia, siguen con rigor. En física, por ejemplo, los fenómenos estudiados
como cajas negras son abundantes y clásicos.
En óptica encontramos que se ha logrado establecer, entre otras cosas, que,
en la reflexión de la luz, el ángulo de incidencia de un rayo luminoso es igual al
ángulo de reflexión. Ello se expresa con simplicidad en matemáticas a través de la
siguiente forma: i = r (i es el ángulo de incidencia y r el de reflexión). Con esta
fórmula es posible predecir hacia dónde saldrá el rayo reflejado, si se conoce el
ángulo con que la luz llega a una superficie reflectora. Y esto sin necesidad de
saber, ni siquiera de cuestionarse, por qué ello ocurre así o cuál es la naturaleza de
la luz, si es onda, partícula o fotón.
Otro ejemplo muy conocido y simple se encuentra en lo que se conoce como
ley de Boyle (denominada así en homenaje a su descubridor), la cual establece
para un gas: V = K x T/P; en que V es el volumen, T la temperatura, P la
presión y K una constante. De acuerdo a esta ecuación, si se aumenta la
temperatura, dejando constante la presión, aumentará el volumen del gas, en
cambio si lo que se aumenta es la presión - manteniendo constante la temperatura -
disminuirá este volumen. Utilizando esta relación matemática establecida, es
posible predecir exactamente el volumen que alcanzará el gas si se conoce el valor
inicial de las variables, el valor de la constante y la cantidad de cambio que se
introduce al sistema. También explica que el gas se calentará si se aumenta la
presión y se mantiene constante el volumen. Para hacer estas predicciones no es
necesario averiguar la naturaleza del gas - lo que podría explicarnos el por qué de
esta regularidad -, es suficiente con tratar al sistema como una caja negra.
En la vida diaria, habitualmente tratamos con situaciones o artefactos en
forma de cajas negras. Hasta niños muy pequeños saben que si accionan la perilla
adecuada en un aparato de televisión, aparecerán imágenes en la pantalla; también
sabemos que si se gira el selector, cambiarán las imágenes; o que si giramos la
perilla del volumen irá variando el nivel de éste. Incluso podemos obtener una
ecuación que relacione el ángulo de giro de la perilla con el volumen logrado y
posteriormente predecir el volumen exacto que se logrará al fijar la perilla en
determinado ángulo. Todo eso lo hacemos sin necesidad de saber que es lo que
hace exactamente cada perilla en el sistema, o como es posible captar imágenes de
algo que puede estar sucediendo a kilómetros de distancia. Nos basta con saber que
si aplicamos una variable de entrada, tendremos un efecto de salida, nos basta con
una explicación de caja negra. Y así actuamos frente al teléfono, el auto, la radio,
etc., sin olvidar, por supuesto, el control remoto.
Pero las cajas negras pueden ser desmontadas, pueden abrirse, en un sentido
figurado. Esto se logra haciendo conjeturas, hipótesis, acerca de lo que ocurre en su
interior, de los mecanismos que generan el efecto que se registra en la salida cuando
se aplica una determinada variable en la entrada del sistema, para luego realizar
experimentos o registrar observaciones que avalen o rechacen la realidad del
mecanismo propuesto. Una vez en posesión de una hipótesis tal, con su
correspondiente aval de experiencias, la caja negra se ha transformado en una caja
translúcida. La naturaleza atómico-molecular de la materia, junto a la dinámica de
las moléculas en un gas es la caja translúcida de la ley de Boyle.
Para muchos filósofos de las ciencias el objetivo de éstas es generar cajas
negras para luego transformarlas en cajas translúcidas, de modo de aumentar el
conocimiento, pero, además profundizarlo. Para otros, en cambio, la ciencia sólo
debe llegar a definir las cajas negras, pues el transformarlas en translúcidas sólo
agrega especulación, alejándose de la base factual, empírica. Como quiera que sea,
los científicos difícilmente renunciarán a hacer translúcida una caja negra.
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