Pero también se teje una leyenda que relata la forma de que se valió Eratóstenes para obtener las cifras del radio de la Tierra. Se cuenta en la leyenda que Eratóstenes contrató a un paciente caminante para que midiera paso a paso la distancia entre Alejandría y Syene , unos 800 kilómetros en total, lo que obviamente implica un recorrido bastante largo en el cual se debieron haber contado por el caminante una cantidad cercana al millón de pasos, en bastantes días de caminata. El método de Eratóstenes consistió en medir en ambos lugares y a la misma hora, la longitud de la sombra de una estaca clavada en la Tierra. Si en Syene el Sol estaba justo arriba, la estaca no proyectaría allí sombra alguna; en Alejandría, en cambio, por la curvatura de la Tierra, habría una sombra que delataría justamente la magnitud de esa curvatura y, por tanto, la circunferencia del planeta.
Si hubiese sido por el método que podemos considerar como ortodoxo, o por el que relata la leyenda, de cualquier modo, Eratóstenes, 230 años antes de Cristo midió el radio terrestre con notable precisión. Ptolomeo en su libro el «Almagesto» adopta un valor muy similar al de Eratóstenes para el tamaño del globo terráqueo. ¡Se trata de una hazaña que se realizó 17 siglos antes de Colón!
Durante la Edad Media nunca se olvidó totalmente este conocimiento. El gran retroceso cultural de la humanidad alcanzó a todos salvo unos pocos que a lo menos conservaron el conocimiento fosilizado en los libros de los grandes pensadores de la antigüedad clásica. Colón no descubrió, ni mucho menos, que la Tierra era redonda: tuvo la gran valentía de intentar algo que nadie había hecho, pero que Aristóteles 18 siglos antes, sabía que era perfectamente posible, en principio.
También la aplicación de la lógica y de la física en el pensamiento cosmológico en la Grecia Antigua se encuentra en algunos cultores, cuyas descripciones teóricas del universo en cualquier estudioso llaman la atención. Uno de ellos fue Anaximandro en el siglo VI a. C. En su teoría, sostenía que las estrellas estaban constituidas por porciones de aire comprimido y que el Sol tenía la forma de la rueda de un carro, veintiocho veces mayor al tamaño de la Tierra. El borde de esta rueda solar tenía fuego, el que se escapaba a través de un orificio. Cuando el orificio se obstruía se producía un eclipse. La Luna se asemejaba a un círculo diecinueve veces la Tierra y también se asemejaba a la forma de la rueda de una carreta. El universo de Anaximandro se sustentaba en una substancia infinita y eterna. Los planetas y astros se formaban al separarse de esta sustancia; luego perecían y ésta los volvía a absorber. Según Anaximandro, la Tierra era un disco aplanado que se habría originado por un movimiento de remolinos que generó que los elementos pesados cayeran hundiéndose hacia el centro lo que le dio la forma, mientras que masas de fuego rodeadas de aire fueron lanzadas hacia el perímetro, dando vida así al Sol y las estrellas. Sin embargo, a pesar que aparecían y desaparecían estrellas, soles, mundos y planetas, el universo de Anaximandro como un todo era eterno, sin comienzo ni fin. Era infinito en el tiempo y en el espacio.
Muchas de las ideas de Anaximandro se hallan el la teoría atomista de Demócrito (aprox. 460-370 a.C.). En las ideas cosmológicas matrices de este último, toda la materia estaba compuesta de pequeñísimos cuerpos indestructibles a los que llamó átomos (de la palabra del griego atomos, que significa indivisible). Los había de distintas clases, entre ellos, se encontraban los átomos duros, los blandos, los ásperos y los suaves, lo que explicaba la variedad de sustancias esparcidas en el universo. El atomismo griego contaba con una explicación para todo, desde las lluvias a los sabores, icluido la escama de los peces. Aun cuando las sustancias podían cambiar alterando sus átomos, los átomos en sí no podían crearse ni destruirse; eran eternos. Los átomos de Demócrito correspondían a la substancia eterna de Anaximandro.
Esa visión atomista del universo tenía dos grandes fortalezas, las que fueron elaboradas y precisadas por Lucrecio en su poema clásico «De la naturaleza de las cosas» (por ahí, por el 60 a.C.). La propugnación de que "nada puede crearse de la nada" y "nada puede destruirse para convertirse en nada", hace que resulte imposible que los fenómenos ocurran sin una causal física. Por lo tanto, los seres humanos no debieran temer las intromisiones antojadizas de los dioses. Por otro lado, las personas debieran abstraerse de temer castigos tras su muerte, pues el alma, que también está constituida por átomos, se disipa como el viento; o sea, desaparece el objeto candidato a ser atormentado eternamente.
Ahora bien, si se aplica la teoría atomista al cosmos en general, obtenemos un universo indeterminado. Los átomos se desplazan ciega y libremente a través del espacio. Cuando por casualidad los caminos aleatorios de grandes grupos de átomos se entrecruzan, entonces se crea un astro, el cual subsistirá por un tiempo, desintegrándose y devolviendo los átomos a sus vagabundeos. Todo lo que se ve y existe, incluyendo la gente y los planetas, son simplemente islas de orden, temporales y accidentales, en un cosmos desordenado. Nada en él ocupa un privilegio especial. Todo corre la misma suerte. Al igual que el cosmos de Anaximandro, el universo atomístico no posee límite de espacio ni de tiempo. Es eterno, y estuvo y está ahí, porque es imposible crear o destruir un universo compuesto de átomos indestructibles.
A pesar de las enseñanzas de Aristarco, Eratóstenes, Anaximandro y Demócrito , la creencia predominante entre los griegos era que la Luna, el Sol y los demás astros que pueblan el cielo giraban sobre esferas perfectas en torno de la Tierra, el centro absoluto e inmóvil del universo. La Luna sobre la esfera más cercana, luego Mercurio, Venus, El Sol, Marte, Júpiter y Saturno, este último seguido de las estrellas fijas. Finalmente el inmóvil primum mobile (Dios), la razón primera que alentaba el movimiento armónico de todo este esférico concierto celestial. Es la concepción geocéntrica del cosmos, en la cual el hombre se sentía suficientemente importante como para dialogar con Dios, Omnipotencia más poderosa que él, pero con todos los atributos humanos, y creía que todo lo observable en los cielos giraba a su alrededor para su exclusiva complacencia.
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