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Si una estrella con la masa del Sol se transformara en una esfera de 3 kilómetros de radio la gravedad y la curvatura del espacio en las proximidades de ese Sol compactado serían inmensas. Si se lanzase un rayo de luz para que alcanzase este objeto los fotones serían atrapados por un campo gravitatorio intensivo con una velocidad de escape que igualaría a la velocidad de la luz. La órbita del rayo de luz sería en concreto una espiral que iría a desembocar en el objeto. La luz, virtualmente, sería atrapada y como no puede salir de él, dicho objeto "parece" un agujero negro en el espacio.
Contradiciendo al mito popular, un agujero negro no es una depredador cósmico, ni de carroñas, ni de exquisiteces espaciales. Si el Sol se pudiera convertir en un agujero negro de la misma masa, la única cosa que sucedería sería un cambio de la temperatura de la Tierra. La frontera de un agujero negro no es una superficie de material real, sino una simple frontera matemática de la que no escapa nada, ni la luz que atraviese sus límites, se llama el «horizonte de sucesos» ; cualquier fenómeno que ocurra pasada esa frontera jamás podrá verse fuera de ella. El horizonte de suceso es unidireccional: se puede entrar, pero jamás salir, salvo que se den condiciones físicas que explicaremos más adelante.

Podemos sintetizar que un agujero negro es una región del espacio ocupada por una muy densa masa en que la atracción de la gravedad es tan fuerte que nada puede escapar, salvo algunas radiaciones que emanan de su endógena mecánica. Es un «agujero» en el sentido de que los objetos pueden caer en su interior, pero no salir de él. Es «negro» en el sentido de que la luz no pude escapar de sus «fauces». En otras palabras, un agujero negro puede ser descrito como un objeto en el que la velocidad de escape (la velocidad requerida para desligarse de él) es mayor que la velocidad de la luz -el límite máximo develocidad teóricamente aceptado para los desplazamientos en el universo-.
Teóricamente se han definido tres tamaños para los agujeros negros: pequeños (mini), medianos y grandes (supermasivos). No se cuentan con evidencias observacionales que indiquen sospechas sobre la posible existencia de algún pequeño agujeros negro cohabitando por ahí, en el espacio. Sin embargo, se cuentan con muchos tipos de evidencias de que los agujeros negros de tamaño mediano se forman desde los despojos que se generan después de la astroparoxística de una estrella masiva al final de su vida. El cataclismo de una supernova puede dar lugar a dos tipos de residuos. Uno de ellos son las estrellas de neutrones, objetos que no superan los veinte kilómetros de diámetro pero que contienen un millón de veces la masa de la Tierra. El segundo tipo --engendrado por la explosión de estrellas de una masa de M= › 12M con un núcleo residual de M= › 3M -- es lo que se reconoce como uno de los tipos más «populares» de agujeros negros, entelequias de pura gravedad, con un volumen cero pero con una densidad infinita, lo que en física se denomina como una «singularidad».

En teoría, deben existir un número enorme de agujeros negros. En el tiempo de vida que ya tiene el universo, un número significativo de estrella deben de haber recorrido su natural proceso evolutivo estelar hacia ese particular destino. Se considera probable que el número de agujeros negros que se encontrarían cohabitando en la Vía Láctea sería superior al de las estrellas visibles, y que su existencia podría explicar la velocidad de rotación de la galaxia, la cual no puede justificarse con la sola presencia de las masas de las estrellas visibles. Es muy posible que los agujeros negros formados a partir del colapso de estrellas masivas no comporten el número mayoritario de estos prodigios de gravedad. Cosmológicamente se piensa que las enormes fuerzas que se dieron durante el Big Bang pudieron ser generadoras de una multiplicidad de agujeros negros de masas diversas que, actualmente, es posible que se encuentren esparcidos por todo el universo.
El universo en sus primeras etapas se nos presenta con muy poca grumosidad muy semejante a un fluido homogéneo. Sin embargo, podría haber sido distinto. Es posible imaginar vastas regiones sobredensas a punto de hundirse, y otras expandiéndose aceleradamente. Numerosos agujeros negros hubiesen podido formarse durante el Big Bang. Las altas densidades que reinaban entonces habrían favorecido su gestación. No tendría por que haber existido impedimentos para la existencia de una cantidad considerable de agujeros negros de distintos tamaños.
Agujeros negros «primores o primordiales» con una masa inferior a la de una de las grandes montañas terrestres (cerca de mil millones de toneladas) hoy es muy posible que ya no existan y que se hayan «esfumado». Pero la presencia más que sospechada --debido a la conducta gravitatoria observada en objetos cohabitando centros de galaxias y emisiones desde esos lugares de radiaciones de alta energía-- de agujeros negros supermasivos que estarían perdurando hasta ahora, alimentados por la materia de millones de estrellas y que pueden ser la explicación de muchísimos fenómenos que frecuentemente se detectan en el comportamiento de las áreas centrales de las galaxias, incluida la Vía Láctea.
Hallar objetos en el cosmos que en sí mismo son invisibles de hecho es una tarea difícil. Los astrónomos monitorean de cerca las huellas que dejan en terceros la conducta de estas piezas cósmicas. Hasta ahora, el número de huellas sobre posibles evidencias de existencias de agujeros negros no corresponden a la cantidad teóricamente estimada. Aparece como que existieran pocos objetos de esta naturaleza. Por lo que se ha dado por entendido: podría haber muchos agujeros negros, pero se muestran escasos. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? ¿Qué está equivocado?
Siempre nos hemos interrogado de por qué la entropía inicial era tan baja lo que nos lleva a la pregunta "¿por qué había tan pocos agujeros negros en la sopa inicial?". Son muy escasos. La entropía gravitatoria inicial era muy débil. Un misterio más; otro valor que queda por explicar... Pero de todas maneras, en la medida en que se va profundizando en el conocimiento de la física que condiciona el comportamiento de los agujeros negros y la cuantía de su número, estos invisibles entes cósmicos van magnificando el asombro que despiertan.
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