LAS GALAXIAS

03.10.05

























Toda la astronomía, y especialmente la cosmología, presentaba un grave obstáculo: el problema de medir las distancias a las estrellas. Si durante la noche observamos el cielo, podemos percibir amplitud y longitud, pero no profundidad. Desde nuestra ventajosa posición, las estrellas se ven como simples puntos blancos sobre un fondo negro. Ciertamente unos están más cerca que otros, pero, ¿cuáles? Las estrellas poseen una gama de luminosidades, tal como las bombillas eléctricas tienen diverso número de vatios, por lo que una estrella con una cierta luminosidad observada puede estar o muy cerca y ser intrínsecamente opaca, o muy lejos y ser intrínsecamente brillante.

Antes del siglo XX, hallar estrellas en las espirales hubiera sido un acontecimiento significativo pero, en sí mismo, no hubiera respondido a una pregunta más apremiante: ¿Formaban estas nebulosas parte de la Vía Láctea? La respuesta dependía de resolver dos rompecabezas relacionados, el tamaño de la Vía Láctea y la distancia a la nebulosa. No sería posible ninguna solución hasta que los astrónomos pudieran hallar un punto de referencia celeste fiable.

Luz Púlsar

Con el tiempo, comenzaron a aparecer indicios bastante modestos y parciales. Unos pocos años antes de que un noble irlandés, William Parson, tercer conde de Rosse, empezara la construcción de su famoso telescopio bautizado como el Leviatán, los astrónomos habían tenido al fin éxito en determinar la distancia a una estrella. Usaron un método llamado del paralaje trigonométrico, que tiene muchas similitudes con la forma que los ojos determinan las distancias relativas. Puesto que los ojos de una persona se hallan separados el uno del otro algunos centímetros, cada ojo ve el mundo desde una perspectiva ligeramente distinta. Mirado primero con un ojo y luego con el otro, un objeto en primer plano -digamos un lápiz sujeto al extremo del brazo- parece moverse un poco con relación a un fondo estacionario tal como una pared. En astronomía, las dos posiciones de la Tierra en los lados opuestos de su órbita alrededor del Sol corresponden a los ojos; las estrellas muy remotas constituyen el fondo estacionario contra el cual puede medirse el paralaje (y en consecuencia la distancia) de las estrellas considerablemente más próximas (derecha). Sin embargo, incluso las estrellas más cercanas están tan lejos que sus paralajes son imperceptiblemente pequeños: menos que el grosor aparente de una moneda pequeña a cinco kilómetros de distancia. Más allá de unos 600 años luz, las mediciones se vuelven enormemente inexactas. En cuanto a las nebulosas, ninguna mostró la menor prueba de movimiento paraláctico; sus distancias siguieron siendo un secreto cósmico.

Las medidas de las distancias astronómicas pudieron cimentarse en bases más sólidas alrededor de 1912, cuando Henrietta Leavitt, del Observatorio de la Universidad de Harvard, descubrió un resultado notable para ciertas estrellas denominadas variables cefeidas. Se sabía que la luminosidad de dichas estrellas es oscilante: se tornan más opacas, luego brillantes, luego opacas nuevamente, en ciclos regulares. Leavitt analizó un grupo de cefeidas apiñadas entre sí, por lo que se conocía que estaban a una misma distancia. En una constelación, una estrella que parecía dos veces más brillante que otra era en efecto dos veces más luminosa. Leavitt descubrió que el tiempo que le tomaba a una cefeida completar un ciclo dependía de su luminosidad. Por ejemplo, las cefeidas que son mil veces más luminosas que nuestro Sol completan un ciclo de luz cada tres días. Las cefeidas diez mil veces más luminosas finalizan su ciclo cada treinta días. Una vez que se ha calibrado este comportamiento para las estrellas cefeidas cercanas, de distancia y luminosidad conocidas, puede utilizarse para medir la distancia de estrellas cefeidas lejanas. Midiendo la duración del ciclo de una estrella cefeida en particular se puede deducir su luminosidad.


La relación período-luminosidad para las estrellas variables cefeidas.
La curva superior muestra la variación en el tiempo de la luminosidad de una cefeida típica. La luminosidad de esta estrella en especial varía de aproximadamente mil a dos mil veces en comparación a la del Sol en un ciclo cercano a los cinco días. La curva inferior muestra cómo la luminosidad promedio de las cefeidas varía de acuerdo a su tiempo de ciclo, o período. La estrella cefeida que aparece en la curva superior corresponde a un punto en la curva inferior.

Luego, al comparar la luminosidad de la estrella con su brillantez observada, se puede determinar su distancia, tal como podría ingerirse la distancia de una ampolleta (bombilla) eléctrica a partir de su vataje y brillantez observados. Con el descubrimiento de Leavitt, las cefeidas se convirtieron en postes indicadores de distancia en el espacio.

En 1918 los astrónomos lograron medir el tamaño de la Vía Láctea gracias a estrellas cefeidas encontradas en diversos puntos. En 1924, tal como ya lo vimos en la separata anterior, Hubble descubrió una cefeida en la tenue mancha de estrellas conocido como nebulosa de Andrómeda, lo que le permitió medir su distancia. Durante los años siguientes, Hubble y otros astrónomos midieron las distancias a muchas nebulosas, a las que por siglos se había observado e intentado descifrar. Se descubrió que muchas eran galaxias independientes compuestas por estrellas. Gracias a tales descubrimientos, las galaxias, no las estrellas, pasaron a ser las unidades básicas de la materia en el universo.

En cosmología, lo primero que nos abruma es la inmensidad del espacio. Para apreciar distancias cósmicas, podríamos empezar cerca de casa. El diámetro de la Tierra mide 12.742 kilómetros, la distancia a la Luna es de 384.400 Km. y la distancia al Sol, de 150 millones de Km. La distancia a la estrella más cercana al Sol, la Alfa Centauro, es de 41.626.074.000.000 de Km. Todas estas distancias se calcularon con exactitud ya en el siglo XVIII. Para medir distancias mayores conviene utilizar el año luz, que es la distancia que recorre la luz en un año, o sea, 9.460.510.000.000 Km. o 9,46051 x 1012 Km/año. Según estos términos, la estrella más cercana al Sol Alfa Centauro está a 1,3 parsecs (1 parsec = 3,086 x 1013 Km.) o 3,26 al (años luz) . El diámetro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, mide casi cien mil años luz. En otras palabras, un rayo de luz tarda cien mil años en atravesar la Vía Láctea de un extremo al otro. Andrómeda, la galaxia más cercana a la nuestra, está a unos dos millones de al.

Cuando representamos con una ilustración las ubicaciones de los objetos celestiales, normalmente concurrimos a cometer un gran disparate que puede llegar a producir una conclusión equivocada en el lector, ya que en las ilustraciones éstos aparecen muchísimo más cercanos entre sí de lo que están en realidad.

Si quisiéramos ilustrar la distancia entre el Sol y la estrella más cercana, Alfa Centauro, en una escala real, tendríamos que dibujar a ambas estrellas como círculos de 1,3 cm., separadas por 416 Km. en línea recta. Lo anterior, implica que si se nos ocurre dibujar al Sol en Santiago, a Alfa Centauro, entonces, deberíamos ubicarla por ahí, cerca de La Serena, y si lo dibujamos en el barrio San Isidro de Buenos Aires, su estrella más cercana debería estar en Mar del Plata.

Ahora bien, una hermosa galaxia típica, como nuestra Vía Láctea, contiene –como ya lo hemos señalado anteriormente- unos 100 mil millones de estrellas, las que se orbitan unas a otras como consecuencia de su interacción gravitatoria y, todas ellas, se pasean en torno al centro de la Galaxia. Nuestro Sol tarda aproximadamente 200 millones de años en completar una órbita alrededor del centro de la Vía Láctea. En promedio, las galaxias se encuentran separadas, una de otra, por una distancia aproximada de unos 10 millones de años luz (al), o cien veces el diámetro de una galaxia. En consecuencia, las galaxias son como enjambres de estrellas aisladas en el espacio como islas cósmicas, o sea, rodeadas principalmente de vacío por todas sus partes. La hipótesis de Einstein de la homogeneidad debería haberse comprobado en volúmenes de espacio que contuvieran una multiplicidad de galaxias.

Como ya lo tuvimos viendo en la separata anterior, quizás el mayor descubrimiento de la cosmología moderna fue el que realizó Hubble en 1929: el universo se expande. Para llegar a esa conclusión, Hubble logró determinar en sus estudios observacionales que realizaba en el telescopio del Mount Wilson, que las galaxias que cohabitan con la nuestra se están alejando de nosotros en todas direcciones. Para poder desarrollar este tipo de análisis se requiere de dos tipos de mediciones: la velocidad y la distancia de galaxias vecinas. Desde comienzos de siglo se sabía que muchas de las nebulosas estaban en movimiento y se alejaban a grandes velocidades de la Tierra. La técnica conocida como el efecto Doppler fue determinante para esta conclusión. Las galaxias, al igual que todas las fuentes luminosas, emiten luz de colores específicos (longitudes de onda), relacionados con la composición química de la galaxia. Cuando una fuente de luz está en movimiento, sus colores cambian, de manera similar a lo que ocurre cuando se altera el tono de una fuente de sonido en movimiento. El tono del silbato de un tren, por ejemplo, baja a medida que el tren se aleja y sube cuando éste se acerca. Con respecto a la luz, el análogo del tono es el color. Si una fuente de luz se acerca, sus colores se debilitan, la longitud de onda pasa a ser la del azul, en el extremo del espectro; si la fuente se aleja, sus colores se tornan más fuertes, hacia el rojo. La velocidad de la fuente de luz en movimiento se puede deducir a partir del grado de esta alteración. A pesar de que el efecto en la luz es generalmente mínimo, existen instrumentos delicados que pueden detectarlo.

UN VELOCÍMETRO ESPECTRAL


Los cuerpos que cohabitan el cosmos irradian energía en un amplio abanico de longitudes de onda a lo largo del espectro electromagnético, incluido el estrecho segmento que comprende la luz visible (gráfico primero de abajo). Para los científicos que se articulan para el estudio del universo, la luz tiene muchas cosas que decir cuando se logra traducir el efecto Doppler (segundo) que ella muestra. El marco que lo rige obedece a una de las más sencillas reglas de la física que afirma que la frecuencia observada de una onda luminosa resulta afectada por el movimiento relativo de la fuente y del observador, del mismo modo que el tono de la bocina de un vehículo cambia de más alto a más bajo cuando pasa por nuestro lado.

El espectro estelar varía con la composición química. Cuando la luz generada dentro de una estrella cruza sus capas gaseosas externas, algunas longitudes de onda son absorbidas por diversos gases, produciendo un esquema distintivo de líneas oscuras de absorción de las tonalidades irisadas del espectro (tercero). El espectro de una galaxia (cuarto) muestra también estas líneas puesto que es una mezcla de los espectros de sus miles de millones de estrellas. Debido al efecto Doppler, el movimiento de un objeto celeste hará que las líneas de absorción se desplacen de posición a lo largo del espectro. Se trata de desplazamientos pequeñísimos, y a menudo representan un cambio en la longitud de onda de sólo unas pocas millonésimas de milímetros. Pero comparando estas posiciones con las de un conjunto de líneas no desplazadas producidas en laboratorio, los científicos pueden averiguar dos importantes hechos: si el objeto se encuentra en movimiento hacia la Tierra o se aleja de ella, y la velocidad a la que lo hace.


Espectro electromagnético.-El espectro está dividido en longitudes de onda. La porción visible va de las ondas más cortas del violeta a las ondas más largas del rojo (esquematizado arriba). Debido a que las ondas electromagnéticas se denominan en parte según cómo son generadas o detectadas, las divisiones del espectro pueden sobreponerse.


Efecto Doppler.- En este ejemplo, la fuente emite ondas de luz de una longitud determinada. Cuando la fuente se acerca comprime las ondas frente a ella, desplazando la longitud de la onda observada hacia el lado más corto, o azul, del espectro. Ahora, cuando la fuente se aleja, el intervalo entre los picks de las ondas se alarga, desplazando la longitud de la onda hacia el rojo.


Desplazamiento hacia el rojo.- Para un objeto inmóvil, la absorción de líneas para ciertos elementos químicos aparecen en una posición determinada del espectro (izquierda, arriba). (El ejemplo de líneas de absorción ha sido estilizado para una mejor comprensión.) En un objeto que se aleja del observador (centro), todas las longitudes de onda se estiran; partes normalmente visibles del espectro se pierden en el infrarrojo, y algo del ultravioleta normalmente invisible se desplaza hacia lo visible. Las líneas de absorción que aparecerían normalmente hacia el extremo azul se desplazan así hacia el rojo. El espectro de un objeto que se mueve hacia el observador se desplaza hacia el azul.


El efecto de desplazamiento al rojo. Después de pasar la luz de una galaxia a través de un prisma, cada color emitido aparece como una línea vertical a una cierta longitud de onda. El movimiento de la galaxia hace que cada color emitido altere su longitud de onda en un grado fraccionario proporcional a la velocidad del movimiento. La cuarta línea a la derecha que se aprecia en la figura inferior, para la galaxia en movimiento, corresponde a un color no emitido por la galaxia estática. Sin embargo, las primeras tres líneas y su posición relativa pueden identificarse en forma inequívoca con las primeras tres líneas de la galaxia estática y así utilizarse para calcular la modificación en la longitud de onda y, por lo tanto, la velocidad de la galaxia en movimiento.

Si se supone que en todas las galaxias están presentes los mismos elementos químicos básicos, entonces los colores emitidos por las galaxias estáticas deberían ser iguales. Alrededor de 1920 se descubrió que los colores indicadores de muchas de las nebulosas habían cambiado al rojo, indicando que se alejaban de nosotros a gran velocidad. Esta alteración del color de los objetos cósmicos es lo que se conoce en el vocabulario popular de los científicos como desplazamiento al rojo (redshift).

Utilizando las estrellas cefeidas para medir las distancias de, más o menos, una veintena de nebulosas, Hubble descubrió que éstas no eran, ni más ni menos, que galaxias en toda su propiedad que deambulaban más allá de la Vía Láctea. Y, más importante aún, descubrió que la distancia de cada galaxia era proporcional a su velocidad de alejamiento: una galaxia dos veces más distante de la Tierra que otra galaxia se alejaba dos veces más rápido de nuestro bello pero maltratado planeta.

Este último resultado cuantitativo fue exactamente como lo habían pronosticado los científicos teóricos para un universo homogéneo y en expansión uniforme. Ahora, esto aparece sencillo e incluso es explicable por qué ello se da si desarrollamos un simple ejemplo que hasta se puede realizar en casa con un modesto equipamiento. Si procedemos a pintar marcas de tinta espaciadas de forma regular sobre una banda elástica; una marca de tinta la usaremos como nuestro punto de referencia (por ejemplo, la Vía Láctea); a continuación, procedemos a medir todas las distancias y movimientos que se relacionan con esa marca. Acto seguido, se procede a fijar la marca de referencia sobre una regla, digamos en el centímetro cero, y luego estiramos ambos extremos de la dicha banda. Al estirarse la banda, se podrá notar que cada una de las marcas de tinta se mueven dentro de una distancia que resulta proporcional a la que tenían inicialmente con respecto de la marca de referencia. Por ejemplo, cuando la marca de tinta que inicialmente estaba a una distancia de un centímetro se mueve dos, la marca de tinta que en un comienzo estaba a dos centímetros se mueve cuatro centímetros. Como este incremento de la distancia se obtiene en el mismo lapso, la segunda marca de tinta se mueve dos veces más rápido que la primera. La velocidad es proporcional a la distancia. De hecho, cualquier material que se estire de manera uniforme cumple con la ley de la velocidad proporcional a la distancia. Si el material es irregular, de modo que algunas partes se estiran más rápido que otras, entonces la velocidad ya no es proporcional a la distancia. A la inversa, la proporcionalidad de la velocidad a la distancia significa que el material se estira de manera uniforme. También se puede observar fácilmente que la extensión carece de una posición central o privilegiada. Se puede elegir cualquier marca de tinta como marco de referencia y el resultado sigue siendo el mismo: las otras marcas de tinta se alejan de ella a velocidades proporcionales a sus distancias. Ninguna marca de tinta es especial. El resultado es igual para todas.

Ahora bien, si sustituimos las marcas de tinta por galaxias y la banda elástica por el espacio del universo: se llega al resultado de Hubble. Las galaxias se alejan de nosotros porque el espacio se expande uniformemente en todas direcciones, y en este proceso arrastra a las galaxias. El descubrimiento de Hubble de 1929 brindó un fuerte apoyo observacional a los modelos cosmológicos en los que el universo se expande de manera uniforme. El universo estático de Einstein fue desechado. El respaldo lo recibió el modelo del big bang de Friedmann y Lemaître.

Si las galaxias hoy se alejan unas de otras, significa que en el pasado ellas seguramente debieron haber estado más juntas. Antiguamente, el universo era más denso. Si suponemos que esta extrapolación hacia el pasado puede prolongarse, entonces alguna vez existió un momento en que toda la materia del universo se concentraba en un estado de densidad inconmensurable, por lo menos, por ahora. A partir de la velocidad de expansión, los científicos articulados en el estudio del cosmos pueden calcular cuándo ocurrió este punto en el tiempo: hace entre diez y quince mil millones de años. Se le llama el comienzo del universo, o el big bang. Los cálculos originales de Hubble, erróneos debido a diversos problemas técnicos, estimaban en cerca de dos mil millones de años la edad del universo. Para simplificar, de aquí en adelante supondremos que se trata de diez mil millones.

Para determinar la edad del universos existe un método completamente independiente, que involucra a la Tierra. El estudio del mineral de uranio radiactivo terrestre, desarrollado unas dos décadas antes del descubrimiento de Hubble, sugiere que la edad de la Tierra es de cerca de cuatro mi millones de años. ¿Qué relación podría tener esto con la edad del universo? Gran parte de las teorías de la formación de estrellas y planetas indican que nuestro sistema solar no podría ser mucho más joven que el universo. En astronomía, donde las edades se expresan en muchos factores de diez, cuatro mil millones de años es casi lo mismo que diez mil millones de años. La correspondencia es buena. Así, con dos métodos totalmente distintos, uno relacionado con los movimientos de las galaxias y el otro con rocas bajo nuestros pies, los científicos han deducido edades comparables para el universo. Esta concordancia ha sido un argumento de peso en favor del modelo del big bang.

La cosmología y la geología tienen mucho en común. Penetrar en las capas más profundas de la Tierra es como viajar en el tiempo hacia atrás, hacia nuestro pasado humano. Fijar la vista en las enormes distancias del espacio es también viajar atrás en el tiempo. Cuando nuestros telescopios detectan una galaxia a una distancia de diez millones de años luz, vemos esa galaxia como era hace diez millones de años; posiblemente cuando todavía era jovencita, lo que vemos pues es una viejísima luz que ha estado viajando diez millones de años hasta llegar aquí. Cuando detectamos una galaxia más lejana, contemplamos una imagen aún más antigua, vemos luz incluso más vieja. La observación cosmológica es una especie de excavación, una búsqueda de los orígenes, un vistazo, no a una Tierra más antigua, sino a un universo más antiguo.

Pero, sin embargo, una de las ironías que sigue imperando dentro del concierto de las ciencias que se focalizan en el estudio del cosmos es que, aunque Shapley y Hubble estaban en lo cierto en términos generales acerca de, respectivamente, la escala de la Vía Láctea y la naturaleza extragaláctica de las nebulosas, los números que invocaban para apoyar sus conclusiones eran muy rudimentarios. Debido a que no tomaba en cuenta factores tales como la absorción de la luz por el polvo interpuesto, la estimación de Shapley para el diámetro óptico de la Vía Láctea era tres veces demasiado grande. Un valor más exacto es el de unos 100.000 años luz. De un modo similar, el valor hoy más ajustado para la constante de Hubble se halla entre un décimo y un quinceavo del número original de Hubble. Buena parte del trabajo actual en astronomía se enfoca en determinarla de una forma más precisa o en hallar otras maneras de expresar la relación. Incluso la calibración exacta de la relación período-luminosidad para las variables cefeidas, la piedra angular de las medidas extragalácticas, sigue siendo incierta hasta que la distancia a una cefeida puede ser medida directamente.

De modo que la pregunta tan antigua como el mundo de ¿cuán lejos? nos sigue atormentando a los científicos casi sin descanso. Como escribió Hubble en uno de sus últimos trabajos: «Con el incremento de las distancias nuestro conocimiento se desvanece, y se desvanece rápidamente, hasta que en el último e impreciso horizonte buscamos entre fantasmales errores de observaciones puntos de referencia que apenas son más sustanciales. La búsqueda continuará. El ansia es más antigua que la historia. Nunca resulta satisfecha, y nunca podrá ser suprimida».







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