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Los instrumentos con que dispone la cosmología nos entregan la visión de un universo que, en los comienzos de su historia, era más denso y cálido. ¿Cuál es el límite para este viaje al pasado? ¿Cuál fue el máximo de temperatura que alcanzó el cosmos cuando iniciaba su evolución?
El desarrollo de la física, como otra vez la computación, nos ayudan en nuestra exploración. El hecho de que aumente la temperatura implica que se intensifican los movimientos de los átomos. Y, es esta agitación, la causante de la irradiación. Cuanto más calientes son los cuerpos, tanto más irradian. Nuestros propios cuerpos son emisores de rayos infrarrojos que pasan desapercibidos frente a nuestra vista, pero sí, los podemos ver equipados con visores especiales. También las serpientes los pueden observar debido a la estructura anatómica de la visión que poseen. A temperatura superiores a mil grados, todas las sustancias se vuelven visibles. En un país volcánico como el mío, Chile, es común ver que muchas de las cimas volcánicas que uno observa brillan rojas durante la noche.
De las variaciones de temperatura de un cuerpo surgen distintas tonalidades de colores. Un trozo de metal, calentado paulatinamente en la fragua, brilla rojo sombrío, después lo podemos observar al rojo vivo, con mayor intensidad de calor se ve anaranjado. A una temperatura más alta, emitiría sobre todo luz azul y violeta.
Ahora bien, si el universo en el pasado era más denso y caliente, entonces debió haber sido mucho más luminoso. A esta audaz conclusión llegó George Gamow poco después de la Segunda Guerra Mundial. Si pudiéramos retroceder lo bastante hacia el pasado, alcanzaríamos una era cósmica resplandeciente. La radiación lumínica sería allí muy superior a todas las otras formas que, hasta ahora, hemos logrado identificar. ¡Qué cambio de perspectiva frente a la imagen aristotélica de un universo estático, que se desliza inexorablemente de una eternidad pasada a una tétrica eternidad futura!
¿Qué ocurrió con esta radiación deslumbrante que reinaba antaño en el cosmos? Es la pregunta que se hace Gamow. ¿Qué fue de los fotones que formaban su sustancia? Las leyes de la física entregan la respuesta. El enfriamiento cósmico, que transformó el antiguo universo incandescente en un mundo frío donde la noche es negra, alteró profundamente su aspecto. La expansión del espacio ha «alargado» la longitud de onda de los fotones primordiales.
Nuestra vista solamente percibe fotones de un poco menos que una milésima de milímetro. Los que nos llegan de esa época alcanzan ahora más de un milímetro de longitud de onda. Rumor atenuado del esplendor original, sólo queda hoy en el cielo una débil radiación, invisible para nuestros ojos.
Para detectarla, es necesario contar con instrumentos de muy alta sensibilidad capaces de captar a estos fotones milimétricos (semejantes a los de los radares, la televisión y los hornos de microondas). Hacen falta receptores adaptados a la extrema debilidad de esta señal antigua, capaces de extraerla de la mezcla de luces parásitas que la enmascaran. Todo el instrumental se enfría a una temperatura cercana al cero absoluto. De preferencia, se los empotra en satélites situados en órbitas por encima de la Tierra. La tibieza de la atmósfera terrestre crea un ruido parásito temible.
Dada la trascendencia cosmológica del tema aquí planteado, en este capítulo trataremos de analizar con la mayor profundidad y rigor lo que se conoce como «el fósil» de la historia pasada del universo: La Radiación Cósmica de Fondo.
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