Otro enfoque nuevo sobre el origen de las galaxias es aquel que sitúa a los agujeros negros como responsables de la formación de éstas en el universo, es lo último que circula dentro del ámbito de las ciencias del cosmos. Como partida para formular esta nueva idea se retoma, en parte, la hipótesis sobre la posible existencia de agujeros negros en el núcleo de las radiogalaxias y de conjeturas que se pueden extraer de los estudios y análisis de las últimas observaciones que se han realizado a los quásares que se han podido ubicar en el cielo. En la conferencia N° 189, celebrada en enero de 1997, de la Asociación Astronómica Americana, un grupo de científico planteó que los gérmenes de las galaxias no nacen simultáneamente, en un pasado de 15.000 millones de años, a partir de un misteriosa explosión de energía concentrada en un punto infinitesimal de la nada. Consideran que el hecho de haber concitado una aceptación mayoritaria el origen del universo a partir de un átomo primigenio sólo ha servido para opacar controversias más racionales, como el porqué de ese estallido o hasta dónde era fiable tan rotunda perspectiva. Para ellos, los gérmenes de formación de galaxias corresponden a una recreación de formación continua y que no se cocinaron todos de golpe en una fragua cósmica de hidrógeno y helio. Su formación se debería a un proceso prácticamente permanente pero con chispazos dispares, como ocasionales chisporroteos de un leño ardiente o explosiones aleatorias semejantes a la de los fuegos de artificio. Ello explicaría la distinta densidad que se observa en las galaxias y la factibilidad de que exista un masivo agujero negro, casi, en cada núcleo de los centros de cada una de ellas. Pero esta propuesta va más allá de una nueva explicación para la formación de las galaxias. En efecto, ella conlleva más de una implicancia cosmológica. Calculan que esta versión explicativa, que es parte de otras propugnaciones que conforman una versión alternativa al «viejo Big Bang», abarcó un período de miles de millones de años, un tiempo tan extenso como la mitad de la edad que se ha estimado para el universo en función del modelo del Big Bang.
Las evidencias más serias sobre la posible existencia de los agujeros negros se han encontrado en el centro de nuestra propia Vía Láctea. En efecto, los astrónomos alemanes Andrea Eckart y Reinhard Genzel del Instituto de física Max Planck, en octubre de 1996, anunciaron que habían registrado una seria evidencia sobre la posibilidad de la existencia de un agujero negro en el centro del núcleo de la galaxia. Un equipo de astrónomos liderados por Genzel monitoreó los movimientos de 39 estrellas cercanas al núcleo galáctico con el objeto de estudiar cual era la naturaleza de sus movimientos que desarrollaban alrededor del centro de la galaxia. El equipo logró determinar que esas 39 estrellas comportaban un movimientos circular entorno al núcleo de la galaxia, lo que invita a pensar en la existencia de un objeto tremendamente masivo en el centro. Si las órbitas que describen esas estrellas fueran irregulares, entonces estaríamos pensando en la existencia de un objeto central de características poco masivas. El comportamiento gravitatorio de esas 39 estrellas, permite determinar que éstas orbitan un objeto de una masa aproximada de 2,5 millones de veces mayor que el Sol. Este objeto, se encuentra cerca de una fuente poderosa de radio, que se le conoce como Sgr Un+ y ello, puede ser considerado de hecho, como una muy buena adicional evidencia para estimar que el objeto que condiciona el comportamiento gravitatorio de esa estrellas cercanas al centro galáctico es un masivo agujero negro.
Por otra parte, recientes observaciones astronómicas permiten pensar de que se estaría confirmando la creencia de que los quásares son un fenómeno transitorio que le ocurre al núcleo, la parte central, de alguna galaxia, que los lleva a aumentar tremendamente su luminosidad, superando ampliamente a la de la galaxia entera. Se cree que por colisiones estelares y aglomeraciones de materia en el centro mismo de la galaxia, se puede ir condensando materia en gran cantidad, y que llegado el caso, la fuerza gravitatoria de ella no puede ser equilibrada con ninguna fuerza conocida en el universo y ese objeto masivo del núcleo colapsa para formar un agujero negro.
Describir a los quásares en lo forma como lo hemos hecho anteriormente, como si en el fondo fueran una especie de aglomeración de materia estelar ardiendo como tizones en la boca de un agujero negro, no basta para entender qué son. Las observaciones recientes dan cabida para pensar que los quásares podrían ser galaxias jóvenes o en formación y, por lo consiguiente, como se estaría pensando como una generalidad para casi todas las galaxias, éstos comportarían un núcleo supermasivo en su interior: un agujero negro hecho de restos de millones de estrellas, y devorando todavía el material suelto que se encuentra disperso que al caer en sus fauces emite un haz suprabrillante que, sin embargo, la luz de él que llega a la Tierra es debilísima, tanto que los antiguos telescopios tenían serias dificultades para detectarla. Pero los quásares en sí despiden fuertes ondas luminosas a través del espacio, parte de sus rayos son absorbidos por nubes de gas que están en su ruta. Esto fue lo que hizo que teóricos como Arthur Wolfe, de la Universidad de California, pensaran en usar a los quásares como si fueran faros o linternas para ubicar posibles focos de formación de protogalaxias. Tesis que confirmó el astrónomo Charles Steidel en el año 1991, con sus trabajos realizados en Chile al descubrir veinte potenciales galaxias bebés, llegándose a la fecha a una cantidad que supera las ciento cincuenta en diferentes fases de evolución.
En esta idea sobre los quásares, podemos concluir que éstos, entonces, formarían una notable población de galaxias en germinación o ya en un estado de jóvenes y que, por las observaciones, se encuentran ubicados a centenares de millones, incluso miles de millones de años luz de la Tierra. No existen en las proximidades de nuestra galaxia. Muy por el contrario, cuanto más distante miramos, más quásares encontramos. El máximo de su población se sitúa entre diez y catorce mil millones de años luz. Los vemos tal como se presentaban en un período en que el universo sólo tenía el 20% de la edad que estimamos en función del modelo del Big Bang.
Pero las observaciones también nos indican que, más allá de catorce mil millones de años luz, su población decrece rápidamente. Parece que los quásares fueran una fase juvenil de la evolución de ciertas galaxias. Se encienden y brillan con todo su resplandor, y se van extinguiendo cuando las galaxias envejecen.
Lo anterior conlleva consecuencias cosmológicas importantes. Implica que todas estas galaxias-quásares nacieron al mismo tiempo, poco después del Big Bang, sino cómo se podría explicar que ellas sean observadas, únicamente, dentro de los límites precisos de distancias cósmicas y que lo que hoy observamos de ellas es parte de una historia determinada por las distancias. Estas conclusiones no nos separan del Big Bang, muy por el contrario, se encuentran en plena consecuencia con esa teoría y son pruebas convincentes de ella.
 El gráfico de la izquierda muestra la cantidad de quásares observados por unidad de volumen en función de la edad del universo. Los quásares están concentrados en un sector de distancia bien delimitado. Esta zona corresponde a un período en que el universo tenía entre uno y tres mil millones de años. La concentración en el espacio lo confirma: el aspecto del universo cambia con el paso del tiempo.
Por otra parte, y retomando la idea de agujeros negros recicladores galácticos, de quince galaxias cercanas, el estudio de las observaciones de ella entrega antecedentes para pensar que catorce de ellas se comportan siguiendo el modelo de influencia gravitacional de un agujero negro. De ahí se desprenden los anuncios de la tesis de que el comportamiento de los agujeros negros tiene directa vinculación con la evolución de cada una de las galaxias en que se encontrarían insertos. Se estima además, que los agujeros negros son la fuente de energía de los que se denominan quásares fósiles, sobrevivientes de un matrimonio de peligrosos intercambios. Es que en esa condición que se da para la materia ocurre algo muy difícil de explicar: el tiempo y el espacio (tal como lo conocemos) dejan de existir, fluyen en una sola dirección y, como una albóndiga subatómica, se zambullen en una dimensión desconocida la que ha sido bautizada por los físicos teóricos como el «horizonte de sucesos».
Para esta nueva hipótesis, el valor científico de los agujeros negros parece residir en que su estudio permitiría saber cómo se formaron (y se forman) las galaxias, pero además entregarían antecedentes importantes para comprender la historia del cosmos. "Cuando lleguemos a conocer los agujeros negros, comprenderemos el origen del mismísimo universo", han señalado los astrónomos Mitchell Begelman, de Estados Unidos, y sir Martin Rees, de Gran Bretaña. Sostienen esta afirmación indicando que "los agujeros negros demuestran que la fuerza de gravedad es la mayor de todas las fuerzas cósmicas" y asumen la clasificación de estos objetos en dos grupos como ha señalado el Dr. Douglas Richstone, de la Universidad de Michigan : los galácticos, cuya masa podría equivaler a 3.000 millones de soles insertos en un reducido espacio no mayor que el que ocupa nuestro sistema planetario, y los estelares, muy pequeños, de unos pocos kilómetros de diámetro. Estos últimos serían los más fáciles de captar y, por tanto, los que más servirían para esclarecer cómo nacen, viven y mueren las estrellas. En cuanto a los grandes agujeros negros, ocultos en el centro de las galaxias, su forma detectada de actuar daría cabida para pensar en una preeminencia de ellos dentro de todo el proceso estelar del universo, dado el tremendo poder que demuestran, como lo estaría indicando el hallazgo de uno en el corazón del sistema M87, el cual se ha podido distinguir una parte de su forma de actuar: como un horno de ladrillos refractarios, la energía liberada por la que cae adentro produce un chorro centrífugo de electrones en espiral, remolinos de gas candente que se expanden más allá de los 500 años luz. Para resumir la idea del poder de estos intrigantes objetos estelares: los agujeros negros recientemente descubierto en las constelaciones de Virgo y Leo pesarían del orden de los cien soles cada uno.
Pero hay algo más que predicen estos científicos sobre los agujeros negros. Cuando estos objetos estelares chocan, el desastre debe inundar el cosmos con radiación gravitacional, señalan. Las ondas crearían olas en el mismo tiempo espacial. Harían que el espacio se contrajera o expandiera. Esto nunca se ha detectado en ningún tipo de fósil u otra manera, pero se está desarrollando un proyecto para concretarlo en el año 2001 de un sistema de espejos que permitiría el monitoreo para detectar una onda de esta procedencia y naturaleza. Pero la idea lleva a explicar la actual expansión observada del universo.
¿Serán los agujeros negros los causantes principales del origen de las galaxias y de la estructura a gran escala del universo? ¿La materia devorada por un hoyo saldría reciclada por otro? No lo sé, pero la idea general de la tesis sobre la función que cumplirían los agujeros negros viene a ser como una forma de otorgarle a una de las fuerzas que se conocen que operan en el universo, en este caso la gravedad, como preeminente del comportamiento evolutivo del cosmos y, a su vez, también la causante del final de éste. Según estos científicos, la actual era estelífera durará más de 100 mil millones de años, y luego atravesará una larga fase de degeneración material para arribar al imperio liquidador de los agujeros negros y desaparecer, al fin, como resaca de átomos desgajados, en un vacío absoluto. Pero y, cómo partió todo. Aunque realmente sean los agujeros negros los crisoles de las galaxias, eso no explica en nada como se dio la materia en el universo, o cómo realmente se forman los agujeros negros antes de iniciar su papel de expandidor, depredador, reciclador y exterminador estelar. Si embargo, merece reconocimiento la idea de los agujeros negros, como medio para sustentar científicamente una mayor preeminencia para la fuerza gravitatoria que es la que el hombre conoce desde más antiguo y la que menos comprende.
Por otra parte, aun cuando sea una tesis aceptable que las galaxias no nacieron todas juntas en un "paripaso" con la gran explosión sino durante el transcurso de miles de millones de años y que veamos nacer nuevas estrellas cada año en nuestra galaxia lo que invita a pensar que la creación continúa, ello no significa colocar en aprietos a la teoría del Big Bang como han manifestado los científicos que se encuentran propugnando esa nueva versión sobre el origen de las galaxias. Una teoría está en dificultades cuando sus predicciones no coinciden con los resultados de laboratorio o con las observaciones. Ese caso no se da para el Big Bang. Cada vez que se ha dado la posibilidad de contar con mediciones fiables, éstas no han sido contradictorias en su esencia a los cálculos predeterminado. La radiación fósil y la nucleosíntesis primigenia son ejemplos más que convincentes que lo garantizan.
Pero, de todas manera, es necesario reconocer que el origen de las galaxias presenta dificultades al modelo del Big Bang. Una de ellas se refiere al poco tiempo que ha transcurrido para que se hayan formado toda la inmensa cantidad de cúmulos galácticos que somos capaces de observar.
No se tienen buenas explicaciones como para describir la razones que dan origen a que la materia galáctica se pueda condensar dentro de un medio que se expande. Recordemos que es la densidad la que controla la velocidad de alejamiento. Si el universo no fuera lo suficientemente denso como parece que lo es, se dilataría rápidamente sin que nada lo frenara. En consecuencia, no podríamos estar escribiendo esta historia ya que no tendría galaxias y, por ende, no existiría nuestra vapuleada Tierra. Sin embargo, el universo tiene la densidad mínima como para que la expansión haya sido paulatinamente frenada por la gravedad y el mecanismo germinador se haya puesto en marcha. Ahora, es muy distinto explicarse como sucedió.
Sobre lo anterior, debemos considerar que al margen de la expansión existe otro elemento que se opone al proceso de germinación galáctico, como es el caso de la presión térmica. Ambos elementos juntos generan el efecto de «diluyente espacial». Nuestros conocimientos nos indican que deberíamos estar frente a un crecimiento laborioso y lento. Se necesita tiempo, muchísimos tiempo, como para que se hubiese transformado una sobredensidad ínfima en una refulgente galaxia. Entre el Big Bang y hoy el tiempo transcurrido es insuficiente para llevar a cabo esa operación. Aquí, si que se debe considerar que se está en un problema, máxime si consideramos que las galaxias un vez formadas como volúmenes individuales no se encuentran en expansión endógena. La tendencia a la dilatación, una vez que éstas se han formado, ha desaparecido. Se ha establecido un equilibrio en ellas entre la gravedad y su rotación. Las fuerzas internas les asegura ahora una estabilidad que las sustraen del movimiento general del universo.
Precisemos lo anterior para alcanzar una mejor comprensión. Partamos, para ello, sustituyendo la escala de tiempo por una de temperatura, más apropiada para describir los fenómenos físicos. Descartemos la posibilidad de que las galaxias pudieron haberse formado en los primeros instantes del universo, ya que la radiación intensa que se debió haber dado en esos momentos cósmicos debió haber horquillado con éxito los esfuerzos de la fuerza de gravedad, impidiendo con ello la acumulación de materia. Visto de otra forma, nada ocurre cuando la opacacidad del universo impide la radiación fotónica. Por ello, es menester esperar al término de la era radiactiva. Ésta finaliza cuando el plasma de electrones y protones se transforma en hidrógeno, cuando la temperatura bordeaba los 3.000° K y se generaba la emisión de la radiación cósmica de fondo.
Es con 3.000° K que pudo empezar a sentirse los efectos de la contracción de la materia primigenia. Al principio, el embrión galáctico se distingue poco del medio circundante. Su campo de gravedad es muy débil; la acumulación de materia se desarrolla dentro de un lento proceso. Esta primera etapa de densificación, llamada «fase lenta», llega a su término cuando la densidad local, más o menos, alcanza a duplicarse. Con posterioridad, se desata un efecto de «bola de nieve» que acelera el proceso hasta llegar a la formación de galaxias, con densidades de un millón de veces superiores a la de los medios intergalácticos. Se trata de lo que se llama «fase rápida».
De entre estas dos fases es la lenta la que presenta problemas para el modelo del Big Bang. En efecto, utilizando un resultado simple de la física queda demostrado que el contraste de densidad aumenta proporcionalmente a la caída de la temperatura de la radiación cósmica de fondo. Mientras que la temperatura cae en un factor de diez, el contraste se incrementa en un factor de diez. Lo anterior, no se condice con las cifras que se manejan de 3.000° K para el momento de la emisión de la radiación cósmica y sus casi 3° de hoy, lo que representa que la temperatura de la radiación cayó en un factor de mil, lo que implica que la sobredensidad generadora de galaxias sólo se habría podido acrecentar, en el mejor de los casos, en un factor de mil, lo que a la vista, es toda una contradicción. Más aún, el problema se complica cuando se observan galaxias nacidas menos de mil millones de años después del Big Bang, en que su formación debió haber acaecido bajo una temperatura cósmica de unos quince grados, pero la temperatura entonces solamente había caído desde la emisión de la radiación cósmica en un factor 3.000/15 = 200.
Ahora ¿por qué el problema? Bueno, como se explica el hecho de que las sobredensidades de la radiación cósmica de fondo no sobrepasan las cienmilésimas y, si las multiplicamos por mil, ¡apenas deberían superar hoy una centésima! O sea, no podríamos estar escribiendo esta historia, ya que la fase lenta todavía no habría terminado y, por consiguiente, no se hubiesen formado aún las galaxias. Pero estamos vivos y coleando escribiendo este cuento y las galaxias se ven cada noche en el cielo y están ahí desde hace mucho...
Por otro lado, aunque admitamos, condicionados por las observaciones, las burbujas, las murallas y los filamentos de galaxias, no debemos olvidar que el universo todavía es notablemente regular, comparado con lo que podría ser. La densidad de las galaxias y la velocidad de expansión del universo son más bien similares en toda dirección. Y la intensidad de la radiación cósmica de fondo que nos llega varía menos de una parte en diez mil a medida que nuestros radiotelescopios recorren la esfera celestial. Por supuesto que los cosmólogos deben explicar por qué las galaxias se acumulan como lo hacen, pero también deben explicar por qué el panorama global es tan uniforme.
Finalmente, si nos ceñimos a lo que hemos descrito aquí, entonces tenemos que concluir que el efecto gravitatorio por sí solo no es suficiente, ya que sería muy lento. Otro factor debe de intervenir para acelerar el proceso. Pero, ¿cuál puede ser?
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