| Antes de continuar con nuestra descripción sobre las supercuerdas y, en especial, con la teoría M, considero pertinente recordar que dijimos que los quarks eran los ladrillos del universo. Pero ¿están hechos de cosas más pequeñas? Eso no se sabe. Contamos con muchas teorías, pero todavía no sabemos cuál es la más acertada. Lo que sí tenemos claro es que el modelo estándar, que describe la constitución interna del átomo y de las partículas subatómicas en el rango que son capaces de alcanzar nuestros aceleradores, es –en general– bastante aceptable, pese a sus debilidades.
Por otro lado, los físicos están casi seguros que los leptones no están compuestos por partículas más pequeñas. Sin embargo, esta sospecha no se tiene en el caso de los quarks. No se sabe que hay detrás de ellos. Tan sólo se ha llegado a desconfinarlos junto con los gluones y por un brevísimo tiempo, de los protones y neutrones que los mantenían aprisionados, formando –en esos breves instantes– una materia plasmosa. Sin embargo, es frecuente escuchar dentro de la comunidad de los físicos teóricos hablar de prequarks.
Por aquellas coincidencias de la vida, en la primavera del hemisferio norte del año 1995, me encontraba en la Universidad de Stanford, CA, USA, finalizando mis labores como investigador visitante, cuando me enteré que el brillante físico de la Universidad de Princeton, Ed Witten, iba a dar una conferencia. Como Witten era un científico que ya había alcanzado, pese a su juventud, un alto nivel de prestigio, y como suele suceder en los acontecimientos importantes, los rumores comenzaron a rondar. Se decía en los pasillos y aulas de la universidad en que me encontraba trabajando que seguramente Witten tenía una nueva teoría del universo o alguna nueva genialidad teórica. Lo cierto es que el comentario general de mis colegas de Stanford era de que podía tratarse de una conferencia extraordinaria. No podía perder la ocasión y me conseguí una invitación. Atravesé Estados Unidos de Norteamérica y hasta me compré una grabadora nueva. El día y a la hora anunciados, la sala se llenó.
Durante algo más de hora y media, Witten habló rápido y casi sin parar, salvo para beber agua para refrescar su garganta. Y lo que expuso fue como lo suscribe al finalizar su exposición: «Ladys and Gentlemen, this is a new theory about the universe» (damas y caballeros, esta es una nueva teoría sobre el universo). Lo primero que se me vino a la mente por lo expuesto por Witten fue que, lo que había escuchado y visto en las diapositivas, correspondía al trabajo de un virtuoso de las matemáticas y me sentí emplazado a estudiar con detención lo que había percibido de la exposición de este físico. A diferencia de lo que sucede cuando se exponen temas de esta naturaleza, el auditorio concurrente no hizo preguntas. Lo último –en mi opinión– pudo haberse debido a que la mayoría de los concurrentes a la conferencia pudieron haber pensado de que se trataba de una nueva variante de las ya reconocidas TSC's que, por su belleza conceptual, se merecía un análisis profundo antes de emitir pronunciamientos a favor o en contra.
Lo que Witten expuso a la exigente y, a su vez, perpleja audiencia de Princeton era una versión bastante revolucionaria y muy bien fundamentada matemáticamente de las supercuerdas. En su estructura teórica se fundamenta con mucha originalidad la compactificación de las fuerzas de la naturaleza, incluyendo la gravedad; se deja un gran espacio matemático para eliminar las anomalías o perturbaciones, y se propugna con coherencia que la última estructura de la materia, lo que estaría bajo los quarks serían unos diminutas círculos semejantes a una membrana, y parecidos a la descripción que hicimos sobre las cuerdas cerradas cuando comenzamos a hablar de las TC's.
Ed Witten, en su trabajo, presentó amplias evidencias matemáticas de que las cinco teorías obtenidas de la primera revolución, junto con otra conocida como la supergravedad en once dimensiones, eran de hecho parte de una teoría inherentemente cuántica y no perturbativa conocida como «teoría - M» (de las palabras misterio, magia o matriz). Las seis teorías están conectadas entre sí por una serie de simetrías de dualidad T, S y U. También en la teoría propugnada por Witten se encuentran implícitas muchas evidencias de que la teoría M no es sólo la suma de las partes, pero igual se hace difícil concluir cuál podría ser su estructura definitiva.
La idea que concita una mayor aceptación de los teóricos es de que la estructura cuántica de la teoría M podría estar dada por unos objetos matemáticos conocidos como matrices. Se trata de una idea que fue propuesta en 1996 por T. Banks, W. Fischer, S. Shenker y L. Susskind. A su vez, las simetrías de dualidad que se aplica en las distintas estructuraciones que se han venido dando para la teoría M, requieren de nuestras ya conocidas D-comas o D-branes, extendidas en varias dimensiones donde los extremos de las cuerdas pueden terminar. A principios de 1997, A. Strominger y C. Vafa utilizaron las D-comas como estados cuánticos del campo gravitacional en ciertas clases de agujeros negros, logrando reproducir –con clara precisión matemática, y por primera vez– las propiedades termodinámicas de Bekenstein y Hawking.
Por supuesto, que lo último señalado en el párrafo anterior, es lo que más esperanza a los físicos teóricos de que a través de las TSC y, en especial, de la teoría M podría estar el camino para llegar a la deseada formulación definitiva de la teoría cuántica del campo gravitacional. La conexión con el modelo estándar estaría más lejano. Estos últimos avances descritos se conocen como «la segunda revolución de la teoría de supercuerdas».
La teoría M, fue formulada partiendo de los principios hipotéticos de la teoría de supergravedad denominada 11-dimensional, y para un estadio cosmológico de baja energía. Su configuración gráfica está constituida por un circulillo membranoso y 5-comas como solitones, pero no tiene cuerdas. Ahora salta la pregunta ¿Entonces, cómo se puede estructurar la teoría insertando las cuerdas que hemos venido estudiando? Compactificando la teoría M 11-dimensional en un diminuto círculo con el objeto de conseguir una teoría de diez dimensiones. Si tomamos una membrana con una topología de protuberancias redondeadas e insertamos una de sus dimensiones en el círculo compactificado, éste se convertirá en una cuerda cerrada. Cuando el círculo llega a ser muy pequeño recuperamos la supercuerda de tipo IIA.
Ahora bien ¿Cómo podemos saber que en el círculo que propugna la teoría M se puede insertar la supercuerdas IIA, y no la tipo IIB o las supercuerdas heteróticas? La respuesta se ha podido obtener gracias a los estudios realizados sobre los campos sin masa que se consiguen cuando se compactifica en un círculo los hipotéticos mecanismos viables para estos efectos que comporta la teoría de la supergravedad 11-dimensional. También en el origen de la teoría M se ha consideración el hecho de la existencia de D-comas que se da únicamente en la teoría IIA. Recordemos que la teoría IIA contiene 0, 2, 4, 6, 8 D-comas y ellos se suman a los solitones 5-comas del NS. En la siguiente tabla hacemos un resumen de lo que produce esta compactificación: |